La amargura de las sotanas (I)
En una entrada anterior mencioné que en mi opinión el celibato no es la raíz de los abusos sexuales cometidos por sacerdotes, o al menos no la raíz más profunda. A mi entender lo que subyace bajo ése y otros problemas relacionados con la Iglesia es la profunda amargura de sus miembros.
La imagen que vende la Iglesia es la de un servicio de entrega, devoción y amor, lleno de alegría y satisfacciones. Pero el mascarón de proa del clero español, monseñor Rouco Varela no refleja felicidad: parece siniestro, siempre hosco y repleto de rencor. No es el único, cuando oímos o leemos las declaraciones de cualquier mitrado nos encontramos una verdadera declaración de guerra, como si las parroquias estuvieran siendo demolidas, los cristianos quemados publicamente, sus hijos vendidos como esclavos u obligados a practicar sexo contra natura y las tumbas de sus antepasados profanadas a diario. Pero si nadie impide a los cristianos practicar su fe, si la Iglesia se embolsa anualmente más de 11000 millones de euros estatales y mantiene una relación de privilegio con el gobierno español, merced al concordato con la Santa Sede ¿a qué viene tanta rabia?
No hablo de rabia por hablar. Pasé mi infancia y adolescencia en el colegio del Sagrado Corazón de Madrid, desde 1970 hasta 1984, ése que se derrumbó en la navidad de 2007. Era fácil distinguir entre profesores seglares y frailes: los segundos llevaban sotana y te golpeaban. No un cachete o un coscorrón: golpes. El director, hermano Vicente Ugarte, conocido como El Lechero, y no por su afición a los lácteos, era un miserable borracho que te partía la cara a la menor oportunidad y sin necesidad de excusas. Cuando sonaba el silbato que anunciaba el fin del recreo se ponía a repartir bofetadas para que nos diéramos más prisa en formnar la fila y pobre del que murmurara algo o se distrajera mientras entrábamos. El día que le dije que mi padre quería que esperara un año a hacer la primera comunión, porque el colegio quería que la hiciéramos en primero de EGB, me soltó dos bofetones y luego me tuvo castigado toda la tarde.
Ese cerdo disfrutaba especialmente cuando venía a repartir las notas, con una bolsita de piruletas de fresa. Si tus notas eran razonables, no pasaba nada y de notable para arriba, piruletita. Si eran malas venía la tanda de sopapos o azotes, según tuviera el humor, comentarios ofensivos para que el resto de la clase se riera del apaleado y luego al estrado castigado de rodillas, donde acababan una docena de niños. Creo que nunca pasé por esa humillación porque en general mis notas eran buenas, pero no he olvidado el miedo que sentía al ver entrar al energúmeno con las putas piruletas.
Recuerdo a H, cuyos padres estaban separados: eran los primeros 70, nadie estaba separado, excepto los padres de H. Él se quedó con el niño (la mujer carecía entonces de derechos) no porque le quisiera sino por hacer daño a la madre, y como no le apetecía tenerle en casa le metió interno en el colegio. El colegio no tenía permiso para tener internos, ni instalaciones siquiera, pero el señor pagó y dejó a su hijo encerrado ahí cinco años. H y yo éramos amigos, y sé que no podía ver su madre si no sacaba buenas notas, así que la veía poquísimo, sólo en verano. Estaba hecho polvo, todas las tardes y noches en un edificicio enorme sin más compañía que los mismos frailes que le daban de bofetadas durante el día, incluyendo al hermano Vicente, que nunca dejó de ensañarse con él, y cuando dejó el colegio no tenía más que diez años.
El director no era un caso aislado. El Hno Javier, mi profesor con cinco años, repartía una buena ración de golpes a diario. El Urtain (Hno Larreina, no necesito deciros cómo se ganó el apodo) el Remigio, el Topo, el Puti… entre todos lograron que asociara indefectiblemente las sotanas a los golpes. O sin sotana, porque con 11 años un fraile de paisano me arrinconó contra la pared a bofetadas por decirle algo a mi compañero de pupitre. Iba de moderno y enrollado, pero cuando se le iba la cabeza le salía un psicópata que daba verdadero miedo.
A veces, hablando con viejos compañeros, me parecía que a lo mejor yo exageraba, porque ellos insistían en que había que olvidar lo malo y centrarse en los buenos recuerdos, pero hay otros como mi amigo J que no han olvidado, o como mi hermano mayor. Hace unos meses le comenté que había recibido una circular con el obituario* del Hno Vicente que decía somos muchos los antiguos alumnos a los que siempre nos transmitió su cariño y nos hizo sentir lo especiales que éramos para él y él, delante de mi madre (era una comida familiar) dijo ¡¿El puto Vicente Ugarte!? ¿¡Cariño!? y llamó a sus hijas para decirles ¿Os acordáis que cuando os hablaba del hermano Vicente? ¡Pues Jose os dirá que es todo verdad!
Él recordaba cada golpe, como yo, y comentó que a mí me daban con más saña porque no me callaba. También recordaba cómo en cierta ocasión (Colonia infantil de verano General Varela, yo debía tener seis años), al comulgar se me quedó la oblea pegada al paladar, me atraganté y empecé a toser hasta que la escupí: acto seguido una monja gorda como un paquebote llamada sor Inés se me echó encima a golpe limpio. Mi hermano pensó que me iba a matar porque a la quinta hostia yo estaba en el suelo y ahí seguí recibiendo cariño**. Nuestra madre nos preguntó ¿porqué no decíais nada en casa? a lo que le respondimos que era el pan nuestro de cada día, que lo veíamos normal. Dos niños de seis y ocho años veían normal que les dieran de bofetadas a diario.
Sí, era normal, aunque había unos pocos frailes que no actuaban así, y destacaban por ser unos profesores magníficos. A ellos, como a la mayoría de los seglares, a veces se les escapaba un bofetón, pero en los años 70 eso no era nada. Recuerdo un profesor que tuve con diez, once años, don Florencio, que tenía la mano algo suelta y con el que a veces me llevaba una buena colleja por charlatán, pero fuera de esos momentos (y sí, yo era un charlatán) era un maestro estupendo y divertido ( tenía el acento andaluz del gato Jinks) y disfruté de los dos cursos que pasé con él como no había hecho en varios años anteriores. Estaba el Hno Otálora, que una vez casi me estrangula porque llegué a desesperarle, pero siempre se controlaba y me apretó en la cabeza una asombrosa cantidad de matemáticas. Y Chacho, el sacerdote que me metió en el cuerpo el gusanillo de la lectura, con quien estuve a punto de darme de hostias en COU por una discrepancia irreconciliable sobre asnos (yo hubiera ganado de calle, el pobre era un alfeñique). Podías llevarte mal o bien con esos profesores, y como digo a veces a alguno se le escapaba la mano pero se notaba la diferencia.
Pero mandaban las sotanas amargas, que castigaban a una fila de la clase al azar y te hacían poner los dedos juntos hacia arriba para abrasártelos a reglazos, que se cruzaban contigo en el pasillo y te partían la cara sin que dijeras nada. E incluso algún seglar, como el Moratalla, que te golpeaba por no saber el catecismo, o el Baltasar, un facha de libro al que reciclaron a la clase de educación física. Un individuo repugnante, de aspecto porcino, sudoroso, que jamás se dignó venir a clase en ropa deportiva y para el que la gimnasia consistía en ponernos a dar vueltas y más vueltas al campo o hacer flexiones durante media hora. Los gordos lo pasaban especialmente mal, porque cuando no eran capaces de hacer más flexiones la emprendía a patadas con ellos. Y fue pensando en el Baltasar y su miserable vida como entendí lo que había trás toda esa rabia.
*Su salud, en los últimos años, no ha sido buena. Tenía sobrepeso y problemas con el corazón y la circulación sanguínea, particularmente en las piernas. Hizo muchos esfuerzos por intentar dominar sus hábitos pero no lo consiguió … Me alegra saber que reventó de cirrosis: son estos pequeños placeres los que le dan sal a la vida. Y a esos que dicen que es de buenos cristianos perdonar, les recuerdo que yo no soy cristiano, ni bueno ni malo.
** He procurado enterrar ese recuerdo en mi cabeza, pero no lo he logrado. Cuando pienso en esa cerda de más de cien kilos me arde la piel y me cuesta evitar que se me tense la mandíbula