La amargura de las sotanas (I)

En una entrada anterior mencioné que en mi opinión el celibato no es la raíz de los abusos sexuales cometidos por sacerdotes, o al menos no la raíz más profunda. A mi entender lo que subyace bajo ése y otros problemas relacionados con la Iglesia es la profunda amargura de sus miembros.

La imagen que vende la Iglesia es la de un servicio de entrega, devoción y amor, lleno de alegría y satisfacciones. Pero el mascarón de proa del clero español, monseñor Rouco Varela no refleja felicidad: parece siniestro, siempre hosco y repleto de rencor. No es el único, cuando oímos o leemos las declaraciones de cualquier mitrado nos encontramos una verdadera declaración de guerra, como si las parroquias estuvieran siendo demolidas, los cristianos quemados publicamente, sus hijos vendidos como esclavos u obligados a practicar sexo contra natura y las tumbas de sus antepasados profanadas a diario. Pero si nadie impide a los cristianos practicar su fe, si la Iglesia se embolsa anualmente más de 11000 millones de euros estatales y mantiene una relación de privilegio con el gobierno español, merced al concordato con la Santa Sede ¿a qué viene tanta rabia?

No hablo de rabia por hablar. Pasé mi infancia y adolescencia en el colegio del Sagrado Corazón de Madrid, desde 1970 hasta 1984, ése que se derrumbó en la navidad de 2007. Era fácil distinguir entre profesores seglares y frailes: los segundos llevaban sotana y te golpeaban. No un cachete o un coscorrón: golpes. El director, hermano Vicente Ugarte, conocido como El Lechero, y no por su afición a los lácteos, era un miserable borracho que te partía la cara a la menor oportunidad y sin necesidad de excusas. Cuando sonaba el silbato que anunciaba el fin del recreo se ponía a repartir bofetadas para que nos diéramos más prisa en formnar la fila y pobre del que murmurara algo o se distrajera mientras entrábamos. El día que le dije que mi padre quería que esperara un año a hacer la primera comunión, porque el colegio quería que la hiciéramos en primero de EGB, me soltó dos bofetones y luego me tuvo castigado toda la tarde.

Ese cerdo disfrutaba especialmente cuando venía a repartir las notas, con una bolsita de piruletas de fresa. Si tus notas eran razonables, no pasaba nada y de notable para arriba, piruletita. Si eran malas venía la tanda de sopapos o azotes, según tuviera el humor, comentarios ofensivos para que el resto de la clase se riera del apaleado y luego al estrado castigado de rodillas, donde acababan una docena de niños. Creo que nunca pasé por esa humillación porque en general mis notas eran buenas, pero no he olvidado el miedo que sentía al ver entrar al energúmeno con las putas piruletas.

Recuerdo a H, cuyos padres estaban separados: eran los primeros 70, nadie estaba separado, excepto los padres de H. Él se quedó con el niño (la mujer carecía entonces de derechos) no porque le quisiera sino por hacer daño a la madre, y como no le apetecía tenerle en casa le metió interno en el colegio. El colegio no tenía permiso para tener internos, ni instalaciones siquiera, pero el señor pagó y dejó a su hijo encerrado ahí cinco años. H y yo éramos amigos, y sé que no podía ver su madre si no sacaba buenas notas, así que la veía poquísimo, sólo en verano. Estaba hecho polvo, todas las tardes y noches en un edificicio enorme sin más compañía que los mismos frailes que le daban de bofetadas durante el día, incluyendo al hermano Vicente, que nunca dejó de ensañarse con él, y cuando dejó el colegio no tenía más que diez años.

El director no era un caso aislado. El Hno Javier, mi profesor con cinco años, repartía una buena ración de golpes a diario. El Urtain (Hno Larreina, no necesito deciros cómo se ganó el apodo) el Remigio, el Topo, el Puti… entre todos lograron que asociara indefectiblemente las sotanas a los golpes. O sin sotana, porque con 11 años un fraile de paisano me arrinconó contra la pared a bofetadas por decirle algo a mi compañero de pupitre. Iba de moderno y enrollado, pero cuando se le iba la cabeza le salía un psicópata que daba verdadero miedo.

A veces, hablando con viejos compañeros, me parecía que a lo mejor yo exageraba, porque ellos insistían en que había que olvidar lo malo y centrarse en los buenos recuerdos, pero hay otros como mi amigo J que no han olvidado, o como mi hermano mayor. Hace unos meses le comenté que había recibido una circular con el obituario* del Hno Vicente que decía somos muchos los antiguos alumnos a los que siempre nos transmitió su cariño y nos hizo sentir lo especiales que éramos para él y él, delante de mi madre (era una comida familiar) dijo ¡¿El puto Vicente Ugarte!? ¿¡Cariño!? y llamó a sus hijas para decirles ¿Os acordáis que cuando os hablaba del hermano Vicente? ¡Pues Jose os dirá que es todo verdad!

Él recordaba cada golpe, como yo, y comentó que a mí me daban con más saña porque no me callaba. También recordaba cómo en cierta ocasión (Colonia infantil de verano General Varela, yo debía tener seis años), al comulgar se me quedó la oblea pegada al paladar, me atraganté y empecé a toser hasta que la escupí: acto seguido una monja gorda como un paquebote llamada sor Inés se me echó encima a golpe limpio. Mi hermano pensó que me iba a matar porque a la quinta hostia yo estaba en el suelo y ahí seguí recibiendo cariño**. Nuestra madre nos preguntó ¿porqué no decíais nada en casa? a lo que le respondimos que era el pan nuestro de cada día, que lo veíamos normal. Dos niños de seis y ocho años veían normal que les dieran de bofetadas a diario.

Sí, era normal, aunque había unos pocos frailes que no actuaban así, y destacaban por ser unos profesores magníficos. A ellos, como a la mayoría de los seglares, a veces se les escapaba un bofetón, pero en los años 70 eso no era nada. Recuerdo un profesor que tuve con diez, once años, don Florencio, que tenía la mano algo suelta y con el que a veces me llevaba una buena colleja por charlatán, pero fuera de esos momentos (y sí, yo era un charlatán) era un maestro estupendo y divertido ( tenía el acento andaluz del gato Jinks) y disfruté de los dos cursos que pasé con él como no había hecho en varios años anteriores. Estaba el Hno Otálora, que una vez casi me estrangula porque llegué a desesperarle, pero siempre se controlaba y me apretó en la cabeza una asombrosa cantidad de matemáticas. Y Chacho, el sacerdote que me metió en el cuerpo el gusanillo de la lectura, con quien estuve a punto de darme de hostias en COU por una discrepancia irreconciliable sobre asnos (yo hubiera ganado de calle, el pobre era un alfeñique). Podías llevarte mal o bien con esos profesores, y como digo a veces a alguno se le escapaba la mano pero se notaba la diferencia.

Pero mandaban las sotanas amargas, que castigaban a una fila de la clase al azar y te hacían poner los dedos juntos hacia arriba para abrasártelos a reglazos, que se cruzaban contigo en el pasillo y te partían la cara sin que dijeras nada. E incluso algún seglar, como el Moratalla, que te golpeaba por no saber el catecismo, o el Baltasar, un facha de libro al que reciclaron a la clase de educación física. Un individuo repugnante, de aspecto porcino, sudoroso, que jamás se dignó venir a clase en ropa deportiva y para el que la gimnasia consistía en ponernos a dar vueltas y más vueltas al campo o hacer flexiones durante media hora. Los gordos lo pasaban especialmente mal, porque cuando no eran capaces de hacer más flexiones la emprendía a patadas con ellos. Y fue pensando en el Baltasar y su miserable vida como entendí lo que había trás toda esa rabia.

*Su salud, en los últimos años, no ha sido buena. Tenía sobrepeso y problemas con el corazón y la circulación sanguínea, particularmente en las piernas. Hizo muchos esfuerzos por intentar dominar sus hábitos pero no lo consiguió … Me alegra saber que reventó de cirrosis: son estos pequeños placeres los que le dan sal a la vida. Y a esos que dicen que es de buenos cristianos perdonar, les recuerdo que yo no soy cristiano, ni bueno ni malo.

** He procurado enterrar ese recuerdo en mi cabeza, pero no lo he logrado. Cuando pienso en esa cerda de más de cien kilos me arde la piel y me cuesta evitar que se me tense la mandíbula

In nomine Patris

Hace poco más de veinte años —el otro día, como quien dice— tomé la decisión de apostatar. Por aquella época esta palabra no estaba en el vocabulario habitual de contertulios y demás especímenes raros, por lo que no se había descontextualizado tanto. La apostasía sonaba a herejía, a pecado, a contracorriente, y por eso, seguramente, es que me interesó tanto.

En mi instituto daba clases de filosofía un cura. Sí, ya sé que suena mal, pero así estaban las cosas entonces. La clase de religión no recuerdo quien la daba, tal vez porque nunca fui, pero no me extrañaría que fuera la seño de educación física, porque la verdad es que en andábamos un tanto escasos de espiritualidad.

Supe que este profe era algo así como secretario del obispo. Al menos vivía en una casita en el barrio antiguo, justo frente a la catedral. Alguna vez fui —equivocadamente— invitado a una de las parties que organizaban vaya usted a saber con qué motivo. Me pareció el momento ideal y el marco perfecto para pedirle consejo al profe-cura-progre sobre mi intención de apostatar.

Como buen pastor intentó conocer mis motivaciones intentado llevarme por el buen camino que, sospecho, coincidía con el de su dormitorio. Jamás me dio una dirección ni un contacto ni me explicó el procedimiento que debía seguir para conseguirlo. Por eso le pregunté qué debía hacer para que fuera la iglesia la que me excomulgara directamente y ahorrarme el engorroso papeleo que imaginaba me iba a costar. ¿Tal vez matar un cura? ¿violar una monja? No, claro, no era necesario recurrir a esos extremos. Además, lo de violar monjas ya no se llevaba, hasta ellos casi habían dejado de hacerlo.

Mis motivaciones eran más matemáticas que filosóficas. Me decían que por qué me importaba tanto que me contaran entre sus estadísticas. Cuando leía en algún sitio que en España había nosecuántos millones de católicos se me revolvían las tripas de saber que yo formaba parte de ese club en el que me inscribieron sin mi consentimiento. Para mí era lo mismo que si me hubieran incluido en la lista de nazis en la Alemania de la Segunda Guerra.

Ya fui obligado a estudiar religión como una asignatura más durante toda mi infancia hasta que, una vez en el instituto, nos dieron la opción de optar por la de Ética. Jamás he puesto la cruz —¿para más INRI?— en la casilla de la iglesia católica en mi declaración de IRPF (¿a que las siglas son parecidas?). No soy uno de ellos, no pertenezco a esa secta, no quiero que se me confunda, que me integren, que me comparen. Sé que hay creyentes que son buenas personas, haberlo haylos, como las meigas, pero esa estadística no va a conseguir que crea en lo que mi inteligencia no me permite.

Vivo en un país que se declara laico desde su constitución como república independiente, hace ya dos siglos. Sin embargo es el país de las contradicciones, de los contrastes brutales, de la injusticia más radical con muchas de las leyes más justas que se han creado. Este es un lugar estratégico en el mundo y en la historia para comprobar la hipocresía que rige los destinos de la religión católica. Los adeptos a dios suelen ser personas de escasa cultura y menos recursos económicos. Se encomiendan a los milagros para solucionar sus vidas porque el estado se ha ido haciendo pendejo, sexenio tras sexenio para cumplir con sus obligaciones. La religión se ha convertido en el último recurso en esta tierra y la vida eterna la única esperanza de que la tortilla se vuelva.

Los españoles nos dejaron muchas cosas. Una que nunca terminaré de agradecer es el uso de la destilación para convertir el agave en mezcal. Otra, que veo a diario y contra la cual me rebelo, es el complejo de inferioridad tan tristemente latino, lo que aquí ha generado una forma de ver la historia y una palabra: el malinchismo. Todo lo que viene de fuera es mejor, así que toda vida que no se parezca a ésta ha de serlo también.

Vivo en un país laico que es el principal contribuyente al estado del Vaticano, en donde está el santuario católico más visitado del mundo por encima de San Pedro, en Roma. Vivo en una contradicción permanente que te obliga a encomendarte a un santo a sabiendas de que el narco o el pandillero que te asaltará más temprano que tarde en cualquier calle también se ha encomendado al suyo.

Vivo ante el asombro permanente y la impotencia que supone entrar en una iglesia y ver al hombre más rico del mundo y al indio más pobre de América rezándole a la misma virgen. Uno pedirá impunidad para lavar sus pecados; el otro algo con que lavar sus harapos.

Vine al mundo en el país que vio nacer al Opus Dei y vivo en el que surgieron los Legionarios de Cristo, las dos instituciones más poderosas y ricas del catolicismo. La primera fundada por un fascista que, lógicamente, apoyó siempre la dictadura y la segunda por un pederasta que pronto veremos canonizar.

Si, como muchas veces se me ha dicho, no debo confundir a cristianos con católicos, pienso en la figura de Cristo. Si levantara la cabeza —¿otra vez?— y tuviera que ver cómo se han trastocado sus palabras tal vez diera su vida por perdida. Vería cómo un hombre se permite hablar sin complejos de la Obra de Dios o cómo un hombre, un sádico corruptor de menores, antepone la palabra Legión, el cuerpo militar cómplice de su asesinato con la connivencia de sus compatriotas, a su nombre.

Sin duda creo que los católicos adoran la cruz, el símbolo sobre el que su ideólogo murió sacrificado por ellos mismos, precisamente porque con su muerte los salvó de seguir siendo unos parias y los convirtió en todo lo contrario de lo que pregonan. Si volviera a nacer estoy seguro de que, nuevamente, sería ajusticiado por los suyos. Si volviera a nacer, Jesucristo sería ateo.

Carlos de la Fe

De Matrimonios y Crisis

Como Miuras no tienen precio .

Me refiero a esos señores que se manifiestan desde sus púlpitos contra el matrimoni gay  ( sus faldones les deben parecer el colmo de la masculinidad y del machote-machote “comme il faut” ) y que desde el día en que se aprobo esa Ley que permite el matrimonio entre personas del mismo sexo nos pronostican males terribles y creen que el matrimonio como institución se ha devaluado. Yo no estoy de acuerdo . Ni con eso ni con más cosas , claro que, a mí , cuando me tocan el bolsillo me duele mucho y yo creo que la defensa de la institución matrimonial es una cuestión, sobre todo, económica. Porque, a ver, si hay un montón de gente que quiere casarse ¿dónde está el problema? si los heterosexuales se casan cada vez menos ¿se enfadan por ampliar el espectro de mercado?. La Iglesia Católica lo que necesita es menos teólogos y más (sí, aún más)economistas; a toda velocidad.

No quiero hacer arengas religiosas que ni me van ni me vienen. A mí, como ya he aclarado , lo que me preocupa de verdad es el dinero ( nadie es perfecto ¿no? ) y sabemos que el dinero ( como la iglesia , qué casualidad ) es una cuestión de Fe , de fe en el sistema político , en las instituciones , en el mercado , en la economía mundial , en todo. Al fin y al cabo, lo que llevamos en el bolsillo son papeles de colores sin ningún valor y, para colmo , bastante más feos que, por ejemplo, los del Monopoly. Así que; para asegurarnos el porvenir ( sí , sí , el mismo de los abuelos; ese de “niño, estudia y  lábrate un porvenir ” y tú no entendías ese interés porque labraras algo si vivías en un sexto piso y sólo ibas al campo una vez al año y si te acordabas y buscabas al porvenir por allí para labrarlo nunca lo encontrabas )para asegurarnos el porvenir-decía-,  tenemos que ser expertos en economía . No podemos ir por ahí pendientes a si nos enamoramos o no ¡qué va! craso error. Las pelis americanas nos inoculan con virus románticos para ser ellos los dueños de la economía mundial, ni más ni menos.Si no ¿por qué los polis preguntan siempre por el móvil económico, eh?(bueno, eso y “cherchez la femme” pero  no cuenta hablando de curas, digo yo). El dinero mueve el mundo , pero ellos se han inventado lo de la media naranja para entretenernos y ser los primeros . Porque ¿ no es absolutamente infantil creer que si esa persona perfecta – nuestra media naranja , qué cosa tan ridícula- existe la vamos a encontrar justamente al lado de casa con lo ancho, lo largo, lo alto, lo profundo que es el mundo?. Y si estuviera al lado de casa ¿de verdad alguien puede confiar en que esa persona nos considere perfecta para ella? ¿para siempre?. No sé … me parece confiar demasiado en las casualidades .

Seguro que sabéis y si no lo sabéis os lo digo yo, que las inversiones son más seguras cuanto más largo sea su plazo, pero a la vez , son más rentables cuanto más corto. Es una balanza muy delicada y la seguridad y la rentabilidad son inversamente proporcionales. Hay que andar con tiento, pero sin miedo. Creo que nuestros abuelos , o nuestros padres lo tenían  claro: necesitaban alguien que cuidara de ellos, así que una vez decidida cual era la persona con la que  mantener un hogar confortable, respetarse o hacer como si y guardar las formas, vivir tranquilos y morir reposadamente en sus camas rodeados de una familia igualmente consciente de lo que de la vida podían esperar, se casaban. Qué tranquilidad. Había que buscar una mujer-o un marido-que te sirviera para toda la vida, como el que busca una buena inversión. El matrimonio hasta hace veinticinco o treinta  años eran bonos del estado, sólidos, seguros y con una pequeñísima rentabilidad. Pero es que hoy tenemos muchos gastos , oye , y ¿quién demonios se puede hacer rico con una sóla inversión salvo que sea muy arriesgada ?  Hoy, el matrimonio se ha convertido en una burbuja inmobiliaria , digo yo que por eso se prueba una y otra vez , no es que el matrimonio haya decaído como institución , no , es que estamos diversificando riesgos. En plena crisis. Recomendación de la Banca Vaticana. Y si no aciertan ellos con el Espíritu Santo detrás de la oreja, a ver quién acierta ¡Vive Dios!.

María Martín Barranco

Tinta, miembros y faldones

Sé que voy a mezclar churras con merinas, pero escribo como en mi casa y cada una en su casa es muy libre de juntar a  dios con el diablo si le place. Y hoy me place.

No creo que nadie se extrañe, porque en este país parece ser costumbre inveterada el mezclar todo todo el tiempo, para acabar no sacando nada en claro sin que apenas nadie lo note o,-al menos-, lo haga notar. Pero es que ya canta, y canta mucho y mal. Así que me toca. Y es lo que hay.

Soy una persona feliz, soy alocada y contradictoria, soy cuarentañera, soy mujer, soy madre, soy feminista, soy andaluza…soy. Todo eso, y muchísimas cosas más que no voy a enumerar. Lo que no soy es ciega, ni sorda, y no  puedo dejar de darme cuenta de hasta qué punto una tupida urdimbre de machismo y discriminación nos rodea cada vez más sutil, maliciosa e imperceptiblemente. Cambiamos la funda del sofá para que las visitas no vean los muelles rotos, nada más. Bajo el discurso “políticamente correcto” de la Igualdad del que pocas personas con proyección pública se atreven a desmarcarse (si exceptuamos a determinadas confesiones religiosas y entre ellas una ,-la Católica, Apostólica y Romana-, de la que me siento con derecho a hablar por encima de las demás por dos causas: porque la conozco,-a mi pesar-, y por ser parte de ella sin haberlo decidido) una educación , una sociedad, unas estructuras opresivas hacen que todo cambie para que pueda seguir siendo igual. En esto los medios de comunicación, todos sin excepción, tienen una gran parte de responsabilidad (no más o menos que las madres y padres con la educación que damos a las criaturas que traemos al mundo, por ejemplo, pero eso es otro tema y hoy, en mi particular batidora no entra este ingrediente). De la idea tradicional de que los medios de comunicación son un espejo que “refleja” la sociedad, se ha llegado a la certeza de que en realidad “construyen” una realidad a la medida de sus intereses, y estos intereses (políticos, económicos, ideológicos, los que quiera que sean si no son todos o muchos de ellos al tiempo) no siempre coinciden los de quienes los consumimos, los usamos, los utilizamos.  La sociedad desigual que conocemos se sustenta en sólidos pilares de intereses de poder. Este poder es, a su vez, propietario los medios de comunicación. Los medios( con toda la simplificación que significa englobar en una sola palabra tal cantidad de ellos) son una fuente inagotable de educación informal. Además, en su papel de “orientadores de opinión” (el masculino es intencionado) construyen la agenda de la sociedad, lanzan mensajes acerca de lo que es importante y lo que no, deciden cuál será el tema del día, o de qué nos olvidaremos. Por ello es importante analizar el mensaje audiovisual ( lo que nos dicen) y los códigos con que se fabrica (cómo nos lo dicen), pero también atender al contexto en el que se produce y en el que se recibe (cómo lo entendemos y por qué lo entendemos así).

El hablar una y otra vez, por ejemplo,  del “problema “ del aborto (o del problema de la igualdad , o del problema de la homosexualidad…) en lugar de “el derecho a la libre decisión sobre la maternidad” o “derecho a la  interrupción voluntaria del embarazo ” hace que nuestra visión sobre el tema , la información que recibamos sobre él esté ya condicionada. Si en una noticia sobre el derecho a la libre elección de la mujer sobre la reprodución aparece una persona experta e inmediatamente después el Presidente de la Conferencia Episcopal ¿Qué nos están diciendo, que es un tema moral, -quizás-, sobre el que la Iglesia tiene el deber de posicionarse? ¿Por qué la opinión de ese señor es más cualificada o más oportuna en este caso que el de la Portavoz de la Federación de Mariscadoras Gallegas, por ejemplo? ¿Ver una cosa tras otra sistemáticamente, es inocuo, es neutro respecto de la información que percibimos y cómo la percibimos?

Tampoco querría olvidar otro aspecto clave en el proceso de construcción de la realidad, y es que existe sólo aquello que se nombra y si algo se nombra de un modo determinado reiteradamente, ese será el concepto que quede anclado en nuestra memoria. ¿Podemos acaso olvidar que el hombre ( con minúscula) es un señor, y el Hombre (con mayúscula) es la humanidad? ¿Podemos dejar de compararlo con ese señor (con minúscula) que es un hombre y ese Señor (con mayúscula) que es un dios?. ¿Realmente no significa nada? Las palabras dicen todo, pero dicen ese todo de una determinada manera, construyen, transmiten y perpetúan un modo de ser, de sentir y de ver el mundo. Va mucho más allá de las risas con los miembros y las miembras, una polémica artificial y absurda. Amén de innecesaria.

Yo aprendí  a leer con apenas 4 años, el libro se llamaba “El Parvulito”  y con él tuvimos nuestra primera imagen del mundo varias generaciones de niños y niñas, las últimas de la dictadura (aquella que eliminó los derechos de las mujeres instaurados por la República: el divorcio, el voto,  la eliminación del adulterio del Código Penal, la capacidad de firmar contratos..) y las primeras de la democracia ( ésta que hasta el año 89 no borró del CP los delitos contra “el honor” para que pasara a ser un bien jurídico protegido la “libertad sexual” hasta entonces inexistente). No perdáis detalle: Su lección 1: Dios creador ( el del triángulo con un ojo sobre la cabeza “que premia a los buenos y castiga a los malos”), después venían  el hombre primitivo, Viriato (pastor Lusitano) , el Cid, San Fernando (ni rastro de Isabel ni tanto monta ni monta tanto).realmente la Historia del hombre ( con minúscula). Los únicos femeninos que aparecían en el índice eran la escuela, la casa (que si es buena “es muy grande y tiene las ventanas muy limpias”) y la familia, la Naturaleza, la Tierra, la provincia, la Comunión y la Confesión, las abejas y las hormigas (tan trabajadoras y abnegadas ellas), ah, y ” a mi mamá”. ¿La única mujer a la que se llama por su nombre ? Eva, claro, con su manzana su serpiente y su maldad y el castigo a todos los hombres ( incluido el parirás con dolor,-qué pena que no conociesen el lenguaje inclusivo y de buena nos habríamos librado-). ¿Realmente puede alguien creer que no nos enseñaron el mundo de manera distorsionada ?.

Entender que la comunicación no es algo unidireccional, sino relacional, nos hace capaces de transformar los mensajes, pues éstos no sólo pueden ser modificados en su producción, sino también en su recepción. Cuando la mirada cambia, la interpretación cambia, y el mensaje deja de ser el mismo, incluso muchas veces nos puede dejar de interesar ese mensaje cargado de estereotipos y buscaremos referentes que no nos agredan, que no nos debiliten, que amplíen nuestros conocimientos, que nos refieran a otros contextos y otras relaciones posibles y que nos muestren distintas formas de percibirnos como mujeres y como hombres.  Es necesario ser conscientes, pues, de que las imágenes que generan los medios de comunicación muestran tan sólo una lectura parcial y determinada de la realidad. Los medios ya no se dedican entonces a contar lo que pasa, sino que pretenden convertirse en los directos protagonistas de la acción social, como si el papel de meros cronistas les supiera a poco , y nosotras, y nosotros, no deberíamos permitirnos olvidarlo para saber hasta qué punto podemos y debemos creerles. ¿O acaso seguimos pensando que la realidad es cuestión de Fe?.

María Martín Barranco

Díaz Ferrán y Rouco Varela…extraña pareja de baile

Hay que respirar muy hondo cuando se trata de opinar sobre las cuestiones que a veces nos ofrece la Iglesia Católica. Incluso a veces una tila no parece tan mala idea.

En este caso el nuevo episodio nos ofrece un acto que parece sacado de una película surrealista de la más pura ficción. Rouco Varela, el siniestro cardenal reunido con su jefe y acompañado por un grupo de empresarios españoles dispuestos a pagar los delirios de grandeza de un Papa que necesita darse baños de multitudes, sobre todo cuando pagan otros.

“Puede contar de manera incondicional, permanente, siempre, con ellos” ha dicho Rouco.

Es indudable la capacidad de la Iglesia Católica en la organización de fastos multitudinarios, pero sobre todo, es indiscutible a estas alturas que tiene una visión de negocio que sobrepasa con mucho lo habitual y normal.

La visita del Papa con motivo de la Jornada Mundial de la Juventud aglutina a la flor y nata de los empresarios españoles, dispuestos a mostrar su generosidad con el Papa haciendo aportaciones para tan fundamental y vital acto por un importe de 25 millones de euros.

Y a la cabeza el Presidente de la CEOE, o lo que es lo mismo, el mandamás de los empresarios españoles. A muchos que hayan leído la noticia se les habrán puesto los pelos como escarpias de ver a tan “digno” señor ver cómo financia la visita papal mientras deja en la calle y sin nómina a los trabajadores de Marsans. Con este gesto Díaz Ferrán reboza sus actos con una capa de total desfachatez que debería provocar en aquellos empresarios serios -que sufren mucho para sacar sus empresas adelante, con honestidad, con trabajo y sobre todo, con mucho sentido común-un rechazo hacia este tipo de actuaciones de quien es su máximo representante.

No es un acto de apoyo “religioso” a la Iglesia Católica. Eso me queda claro. Es peor, es la utilización mutua de todos ellos para hacer crecer sus negocios y propiciar un alza de autoestima de quien está de capa caída porque no es capaz de poner orden entre los miembros de su “familia”.

Habrá considerado Benedicto XVI que una buena manera de lavar su imagen contra los casos de pederastia, abusos, etc, es organizar actos de este tipo, cuando no es su patrimonio el que está en juego.

Y siempre este Estado Español nuestro, que no acaba de tatuarse en el hipotálamo eso  de que España es un estado laico. Un Estado Laico no puede ni debe financiar estos megalomaníacos  actos de la Iglesia. Y menos todavía en tiempos de crisis.

Las exenciones fiscales del 80% del dinero invertido para estas jornadas, consideradas como “evento de interés especial” se antojan abominables en unos tiempos en los que la crisis mundial, europea y española nos tiene sumidos en un problema grave de desempleo.

Se antojaría mucho más lógico que dichas exenciones fueran dirigidas en la creación de empleo, en programas de ayudas a la niñez, a la juventud, a personas desfavorecidas, a la mejora de proyectos de cooperación, a ONG de trabajo reconocido, a tantas asociaciones que sí se preocupan de que ésta sea una sociedad más justa.

No es casualidad que todos estos actos promovidos por los jerifantes de la Iglesia Católica se lleven a cabo en Madrid o Valencia. Son los feudos más “ultracatólicos” con los que cuenta la Iglesia, feudos férreamente vigilados por Rouco Varela y sus adláteres bajo el paraguas de gobiernos que cada vez giran más al ultraderechismo más absoluto.

Y es por ello que estas administraciones, locales y autonómicas, están encantadas de aportar dinero a manos llenas para este tipo de actos, que les hace sentirse bien en ese catolicismo comprado con dinero de otros.

No hablamos de dinero que se invierta en necesitados, en proyectos de cooperación, en construcción de viviendas para los que, por alguna desgracia perdieron todo…No, hablamos de una cifra inconmensurable de dinero para uso y disfrute de una jerarquía que se empeña en lavar su imagen a base de aguas más turbias.

Sobre todo llama la atención la postura incongruente e indigna de los dirigentes católicos. Critican bestialmente leyes como la del aborto, la del matrimonio homosexual, las que promueven la investigación con células madreo aquellas que favorecen una mejor educación sexual entre los jóvenes. Esas son las leyes, que para ellos, pervierten al Estado o a la parte del Estado que las apoyan. Para ello no dudan en manifestaciones dirigidas, politizadas o lo que haga falta. Pero para poner la mano el Estado no debe ser tan malo, porque ni se sonrojan cuando lo hacen…

En fin, que todo este desatino tendrá que terminar algún día en algo que rezume mucha más coherencia de la demostrada hasta ahora.

El que quiera fastos, que los pague, pero no con el dinero de todos.

El celibato: origen y causas

En los últimos años los escándalos sexuales han reavivado el debate sobre el celibato sacerdotal. Al margen de la relación entre el voto de castidad y los delitos de pederastia (personalmente creo que hay otros factores más importantes) llaman la atención los argumentos esgrimidos por Roma para justificar su política. Resumiendo el discurso papal, los sacerdotes deben permanecer célibes porque eso marca la tradición y es necesario que sea así para dedicarse plenamente a su labor evangélica. Para mí, como ateo, estas razones no tienen peso, pero deberían ser válidas para los creyentes ya que se apoyan en la autoridad papal, indiscutible en cuestiones de fe. Pero ¿y si no fueran cuestiones de fe? Veamos qué podemos sacar en claro.

La antigüedad del celibato y su valor como tradición no resiste un mínimo análisis. En 1123 se celebró en Roma el I Concilio de Letrán que entre otras decisiones prohibió el matrimonio y el concubinato a sacerdotes, diáconos, subdiáconos y monjes. la prohibición fue ratificada en el II Concilio de Letrán y el concubinato fue nuevamente condenado en el Concilio de Trento, cuyas sesiones terminaron en 1563.

Estas sentencias indican que durante sus diez primeros siglos de existencia la Iglesia aceptó el matrimonio de los clérigos y que el concubinato se mantuvo de forma más o menos abierta durante otros cinco siglos, luego el celibato, entendido como norma estricta de castidad para los clérigos sólo tiene 450 años de antigüedad.

Si en los primeros tiempos de la Iglesia los clérigos se casaban ¿porqué condenar una costumbre bien establecida? Aquí entra en el argumento de la dedicación, es decir, que el sacerdote consagra su vida a la fe con total entrega si no desvía su atención con asuntos mundanos. Sin embargo no son esas las razones esgrimidas en el siglo X: la prohibición obedecía a cuestiones puramente materiales. La asamblea de Letrán condenó el matrimonio clerical para evitar que los sacerdotes legaran a sus hijos legítimos los bienes que recibían de la Iglesia, es decir, las parroquias, los obispados y los bienes muebles e inmuebles (rebaños, tierras, legados…) a ellos asociados. El papado temía que el patrimonio de la Iglesia acabaría disgregándose en pequeñas parcelas por toda la cristiandad con lo que su poder e influencia irían menguando. Al prohibir nuevos matrimonios y considerar nulos de derecho los ya consumados antes de Letrán, el problema desaparecía de raíz: los hijos ya nacidos y los futuros descendientes de los tonsurados pasaron automáticamente a ser bastardos sin derecho a herencia.

El concubinato, pese a su prohibición, no fue demasiado perseguido ya que no suponía una amenaza a los bienes eclesiales y todos, del diácono más humilde al cardenal más pomposo, pudieron seguir manteniendo su vida carnal. Al alba del Renacimiento el amancebamiento era una costumbre consolidada y socialmente aceptada. Todo el mundo, salvo los fanáticos que señalaban a la carne como fuente de todos los males, entendía que debajo de las sotanas había hombres y nadie se escandalizaba. Obras como el Heptamerón, el Decamerón, Gargantúa y Pantagruel o El Libro del Buen Amor confirman que la figura del fraile de cascos ligeros, galanteador de solteras y casadas era más la norma que la excepción.

Pensemos en El Libro del Buen Amor: Juan Ruiz nos ofreció un texto fresco y alegre donde se valora el trabajo de las trotaconventos, se pondera la lozanía de las serranas e incluso se establece la medida y forma adecuada de las tetas. De haber sido una situación anómala o perseguida no la hubiera publicado con su nombre y oficio, pero eso es lo que hizo, firmando como Arcipreste de Hita, sin azoro ni vergüenza.

Este feliz estado de cosas terminó con la llegada de la Reforma luterana. El pánico de la curia ante la nueva herejía se plasmó en el Concilio de Trento, donde los fanáticos pasaron a ser la vanguardia de la Iglesia frente a los protestantes. La corrupción denunciada por Lutero no desapareció, pero se decidió lavarle la cara, y la carnalidad de los clérigos era demasiado visible como para no ser estigmatizada. Trento prohibió de forma taxativa el concubinato, no por considerarlo pernicioso, sino porque era motivo de escándalo.

Para empeorar las cosas, los protestantes restablecieron el derecho de sus sacerdotes al matrimonio y la contrarreforma se movió al otro extremo, demonizando las relaciones entre clérigos y mujeres, castrando el arte con normas y censuras y endureciendo la vigilancia sobre la moral y las costumbres. El nuevo dogma encontró una dura oposición entre el clero bajo, que no entendía qué mal estaba haciendo. El propio Juan Ruiz hizo una encendida defensa del concubinato con palabras dolidas.

En mantener omen huérfana obra es de piedad,
Otrosí a las viudas , esto es cosa con verdat;
Porquési el arzobispo tiene, que es cosa que es maldat
¡Dexemos a las buenas, et a las malas vos tornad!

Una queja sentida: si tienen que echar a las buenas mujeres que con ellos viven ¿qué harán, sino comerciar con las malas?. Los sacerdotes no se convirtieron en santos, sólo practicaron a escondidas lo que antes hacían sin avergonzarse. La situación se endureció a lo largo del XVII a medida que se extendían las guerras de religión y las persecuciones y las liviandades del clero pasaron a ser estigmatizadas. Por mucho que admiremos la poesía de Santa Teresa, la reforma de las órdenes monacales nos habla de fanatismo extremo y total rechazo por lo sensual.

A finales del XIX la pérdida de influencia de la Iglesia forzó un nuevo golpe de timón en el pontificado del rencoroso y amargado Pio IX, adalid de la moral más férrea. El Concilio Vaticano II mantuvo la norma y así llegamos hasta nuestros días, con el debate en la calle, pero no en la cúpula eclesial.

Tenemos pues que el celibato no responde a la tradición cristiana y su origen no se debe a exigencias de fe sino a una simple cuestión pecuniaria. Entonces ¿porqué sostenerlo contra viento y marea? En estos tiempos en que la vocación escasea su desaparición podría ser un incentivo para aquellos que siendo creyentes y deseando consagrarse no se ven con fuerzas para mantener la castidad durante el resto de sus vidas. Además sería una buena operación de imagen, modernizando el aspecto de la Iglesia y acallando muchas voces críticas así que ¿a qué se debe esa obcecación?

No hay que buscar razones espirituales. Los motivos siguen siendo dinero, dinero, y más dinero. Los sacerdotes son la base laboral de la Iglesia y, hoy por hoy, resultan baratos de mantener, pero si pudieran casarse, los escasos sueldos que reciben no alcanzarían a sostener a sus familias y las casas parroquiales igualmente serían inadecuadas, con el consiguiente gasto adicional en vivienda.

La curia tiene medios sobrados para hacer frente a esos gastos. Sólo en España, un país con menos de un 50% de creyentes, recauda anualmente cerca de 14000 millones de euros. Pero una buena parte de los recursos se dedica a sostener grupos de presión, emisoras, editoriales, campañas mediáticas… y una cantidad aún mayor a incrementar los fondos financieros de la iglesia (recordemos el caso Gescartera, o los escándalos bancarios italianos). Financiar el abandono del celibato es posible, sí, pero a costa de una importante bajada de los beneficios. No nos engañemos, la Iglesia de los pobres es una gran empresa, la multinacional más extensa y más antigua del mundo, y sus fines no son otros que mantener su posición de privilegio y mejorarla. Y como buena empresa uno de sus medios para incrementar sus ganancias es abaratar sus costes laborales, es decir el sueldo del clero bajo.

¿Matrimonio para los sacerdotes? Tal vez a medio plazo, porque la pérdida de vocaciones no va a frenarse. El sacerdocio cada vez es menos atractivo y llegado un momento la Iglesia se enfrentará una crisis laboral sin precedentes en su historia. En ese momento aplicarán los remedios que ahora consideran de todo punto inaceptables, y lo que hoy es anatema se convertirá en dogma de fe por obra y gracia del Espíritu Santo. Pero hasta entonces no hay motivos para cambiar las cosas, porque la causa última del celibato no es espiritual sino sólida y material, y el problema real de la Iglesia no es, como piensan muchos, la lujuria, sino la simple y llana codicia.

Red Laica

Red Laica para la Igualdad y la Diversidad nace como respuesta a la necesidad de dar voz a las miles de personas que se sintieron agraviadas con las declaraciones que el Arzobispo de Granada hiciera en la famosa homilía de diciembre del año pasado y en las que de manera textual afirma: “Pero matar a un niño indefenso, ¡y qué lo haga su propia madre! Eso le da a los varones la licencia absoluta, sin límites, de abusar del cuerpo de la mujer”.

Muchos éramos conscientes de que tales afirmaciones suponían un menoscabo a los derechos de las mujeres, y además, que no se trataba de un hecho aislado, o no sólo por este Arzobispo, si no por muchos otros y por muchos miembros, tanto de la Iglesia Católica como de otras confesiones.

Desde que se produjeran estas palabras hasta el día en que escribo estas palabras, la cruda realidad ha venido a dar la razón a quienes considerábamos que ciertos hechos que emergen de los podridos sótanos de algunas instituciones no pueden ni deben quedar impunes.

Cada vez son más los casos de abusos, de pederastia, de malos tratos, de vejaciones y humillaciones de miembros de la Iglesia contra aquellos a los que se suponía que defendían bajo una supuesta caridad, fe y dedicación a los más necesitados.

No ha habido ni límite ni excepción: lo mismo han sido niños y niñas los que sufrieron los abusos en los momentos en los que, presa del desamparo, no conocieron otra realidad que no fuera la del sufrimiento disfrazado de sotana que minusválidos físicos y psíquicos que tuvieron la desgracia de no poder quejarse ni defenderse de tan detestables prácticas.

Que los niños provocan, que la culpa la tiene Internet, que no es el celibato, que es la homosexualidad…el hecho de la  Iglesia Católica tenga voceros que se dedican a elevar este tipo de comentarios a la opinión pública, indica que otros muchos lo piensan, y ante el manido argumento de que no se puede criminalizar a toda la empresa por unos cuantos, yo digo que no se puede justificar al maltratador nunca, en ninguna circunstancia, bajo ningún concepto, precisamente porque el estado de derecho que nos ampara determina que todos somos guales, con los mismos derechos y las mismas obligaciones, vistan sotanas, faldones, uniformes o coliflor rosa a modo de broche.

La Iglesia y la Igualdad son claros antónimos desde el momento en que la primera sólo considera a la segunda como mero receptáculo reproductivo. Si reproduce sirve, si no lo hace, no sirve, así de fácil y sencillo.

Y como la labor de la Iglesia es la de simplificar sólo deben tener derechos aquellos que comulgan con sus ideas, con lo cual olvidémonos de que gays, lesbianas o transexuales puedan llegar a alcanzar el reino de los cielos, no se sabe si por miedo a contaminarlo o por miedo a que el reino se modernice y los que salgan disparados sean esta caterva de vividores con sotana.

Esa Iglesia que antaño se retrataba como la que civilizaba a esos pobres e incultos indígenas, la que daba fe a los desesperanzados, la que daba consuelo en el dolor de las personas…esa Iglesia que, probablemente nunca existió, ha dado paso a la próspera empresa Iglesia Católica S.A. propietaria de bancos, cadenas de radio y TV, grandes cadenas inmobiliarias y fábricas de alimentación y bebida.

Han creado un holding de empresas desde el que comerciar con la fe es el objetivo.

Las leyes que se consideran “contrarias a los principios católicos” son rebatidas hasta la manifestación, pero el Estado de Derecho no está mal cuando se trata de repartir dividendos.

Pese a la defensa a ultranza que los medios de comunicación y partidos políticos afines a la Iglesia realizan desde sus púlpitos a aquellos que, digan lo que digan, creen a pies juntillas sus apostolados, cada vez más gente cree que España deber dar un salto valiente que nos lleve a ser de verdad un estado laico.

Es evidente que hay muchos obstáculos que vencer, y el principal es la cobardía de los poderes públicos a ponerle el cascabel al gato, pero no por ello la meta es imposible.

En Red Laica lucharemos para que la meta, de verdad, no sea imposible.